17/10/2007

Federal Communications Commission

Una pandemia ocurre cuando aparece una nueva cepa de un virus que causa una enfermedad humana fácilmente transmisible, contra la cual la mayor parte de la población carece de inmunidad. La historia muestra que las pandemias de gripe típicamente ocurren con muy poca advertencia y afectan grandes áreas geográficas en múltiples oleadas con una duración de dos a tres meses por vez. Los profesionales de la salud admiten que no hay manera de determinar con certeza si una cepa variante del virus H5N1 (conocido como “gripe aviar”) o totalmente otra enfermedad causará la próxima pandemia.
La historia demuestra, sin embargo, que existe un gran potencial para que se produzca una pandemia en un futuro próximo…el tema no es si se producirá sino cuándo.
El gobierno federal estima que hasta un 40% por ciento de la población activa de la nación, incluido el personal que mantiene nuestra infraestructura de comunicación crítica, se ausentará del trabajo durante el momento más activo de la pandemia. Cambios significativos en las prácticas de trabajo pueden alterar considerablemente el tráfico de las comunicaciones debido a un incremento en el trabajo desde el hogar entre la población activa de la nación y la sociedad en general para realizar su trabajo. Estos cambios laborales podrían causar pertubaciones en la redes de comunicación. También podría faltar mano de obra para mantener y restaurar las redes de comunicación que dejen de funcionar a causa de una sobrecarga en el tráfico por parte de la gente que trabaja a distancia.
Dicha falta de personal para reparación podría contribuir a que se produzcan interrupciones sostenidas y prolongadas en los sistemas de comunicación y la imposibilidad de varios segmentos de la sociedad para realizar y recibir llamadas telefónicas y enviar o recibir mensajes de texto o mensajes de correo electrónico.
A fin de ayudar a abordar este asunto, FCC, principalmente a través de su Buró de Seguridad Pública y Seguridad Nacional, en coordinación con el Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, el Sistema Nacional de Comunicaciones y el Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos, está concentrado en planear la continuidad de las operaciones comerciales en la medida en que guarda relación con el mantenimiento de la infraestructura y las redes de comunicación para los servicios de voz y datos, en respuesta a una amenaza de pandemia. Incluye a los teléfonos alámbricos e inalámbricos, Internet, asistentes personales digitales, buscapersonas y faxes y otros dispositivos y sistemas de telecomunicaciones.

La industria del apocalipsis

Por Gonzalo Márquez Cristo

-¿Viene por mí? –sorprendido pregunta el caballero a la muerte.

-Hace mucho que camino a tu lado –le responde la pálida figura de la guadaña.

Ingmar Bergman (Séptimo sello)


Que el progreso es tan solo una ilusión queda demostrado siempre que la naturaleza libera sus indómitas armas, pero que el infatuado ser del siglo XXI se atemorice como el hombre medieval ante la opción de una incontrolable epidemia, es inconcebible y, por decir lo menos, pintoresco. Cada año desde la más pérfida jerarquía mundial asistimos a la invención de un nuevo apocalipsis y obnubilados seguimos ese oscuro juego sin detenernos a pensar quiénes se lucran con la imposición de aquellos sombríos artificios. Y en forma particular: ¿quiénes ganan con la propagación de esa epidemia de miedo irradiada en el mundo?

La influenza común cobra decenas de veces más personas que la llamada influenza aviar o porcina –o que la desnutrición- y ahora nadie parece recordarlo. Sin embargo la idea de un exterminio global es inherente a nuestras psiques enfermas y adicionalmente incrementa las ganancias de los poderosos laboratorios farmacéuticos, desplaza gigantescas inversiones a otros sectores de la economía y como siempre impone una neblina sobre algunos agudos problemas que los políticos quieren ocultar.

La idea de un apocalipsis es tan necesaria para los productores de la realidad que sucesivamente todas las posibles pandemias encuentran su fértil escenario. La “vaca loca” y las influenzas, los desprendimientos de asteroides y la sempiterna posibilidad de una guerra nuclear, exacerban el terrorismo en el orden de lo imaginario, destinado a intimidar a una población ingenua, que olvida la fragilidad esencial de la vida.

Impasibles hemos visto durante la última semana como la Cuidad de México, la segunda urbe más populosa del planeta, fue condenada al oscurantismo ante el terror de una incipiente epidemia, y que sus ciudadanos fueron estigmatizados hasta el punto que naciones como Argentina, Ecuador y el Perú suspendieron unilateralmente los vuelos a ese país, verdadera bellaquería con una nación hermana, como si tras de ello se ocultara el perverso interés de desviar los gigantescos ingresos que México capta por su ejemplar industria turística, o como si sus políticos quisieran ocultar al interior otros graves problemas sociales y económicos.

Cuando contemplamos por televisión las calles desiertas de la megalópolis no podemos dejar de pensar en el Diario del año de la peste de Daniel Defoe (crónica de esta devastadora enfermedad en la Inglaterra de 1665), en La peste de Albert Camus (ficción sobre una epidemia en Orán) y por supuesto en esa obra maestra de Bergman, El séptimo sello, en la cual asistimos a la inolvidable escena donde la muerte es retada a una partida de ajedrez por un caballero proveniente de las cruzadas, y donde esta figura aciaga (el número trece del Tarot, la febril calaca, la victoriosa pelona), aceptará la contienda para derrotarlo con las piezas negras, investidas como es sabido, con su color predilecto.

Si en la antigüedad la extinción era un atributo de las divinidades tiránicas, hoy quedamos en manos de una virología, que como hemos visto, es excesivamente innovadora. La señora de la guadaña que al parecer es proclive a jugar ajedrez, ha sido superada por las más furtivas y simples criaturas invisibles. ¿Quién iba a imaginar que dios, el eterno, el infinito y omnipresente, iba terminar reducido a un cruento microbio?

En 1918 la llamada “gripe española” cobró 20 millones de muertos, el mayor holocausto médico de la historia. En 1957 la “gripe asiática” y en 1968 la “gripe de Hong Kong” cobraron numerosas víctimas, pero mucho menos de lo que suponían los sensacionalistas medios de comunicación. Con estos antecedentes hace pocos días se ha querido bautizar a la nueva epidemia “gripe mexicana”, lo cual reforzaría la tentativa de excluir a ese país, que con los omnívoros cerdos y los pobres ciudadanos a quienes se les sorprenda estornudando, pasarán a ser los estigmatizados, los marginados por el funesto régimen social que hemos construido.

Vivimos un Nuevo Oscurantismo, el instaurado por una sociedad traslúcida, degradada y abierta, que todo lo hace visible. Los vendedores de la guerra si no son más ingeniosos serán remplazados por los zares de los medicamentos. ¿Quién puede sostener que no estamos ad portas de la creación de una estirpe viral de laboratorio tal como hacen en la Internet los vendedores de los antivirus para sostener su gigantesco negocio? La adicción por lo escatológico está muy arraigada desde que la iglesia en siglos anteriores se encargó de propagar ese terror en pos de un infame enriquecimiento. Los profetas más prestigiosos del pasado como San Juan y Nostradamus tienen semanalmente una tribuna ecuménica para sus especulaciones catastróficas. Las pestes, los terremotos, los tsunamis, y desde hace seis décadas nuestras inventivas nucleares, atizan la pesadilla de la extinción de la especie humana en la Tierra. No pasa un lustro sin que el hombre, arrogante incluso ante la idea de su fin, no difunda la zozobra de su muerte colectiva.

La industria de la extinción deja cuantiosas ganancias y una enseñanza categórica: la ciencia no ha podido hacer nada para reducir el miedo en el mundo, la tecnología nunca ha trabajado para aumentar la felicidad sino la servidumbre, y como se ve en las imágenes de tantas ciudades del siglo XXI intimidadas en estos días por la “influenza porcina”, somos eficaces en multiplicar el terror.

Por lo cual, inermes y trastornados, debemos prepararnos para danzar entre las ratas como los habitantes de esa villa tomada por la plaga que describe Werner Herzog en su hermoso Nosferatu, porque en verdad cada día que vivimos es el último, con o sin la peste, que siempre está urdiendo un imprevisible y devastador asalto. Las montañas de cadáveres que quemaban en la Edad Media y la madre muerta que amamantaba a su hijo según describe Defoe en su reconocido Diario, serán imágenes recurrentes en nuestras pesadillas. Países estigmatizados, hombres con tapabocas y máscaras, y seres condenados a eliminar el contacto de las manos e incluso los besos del saludo, constituyen el miserable paisaje humano que estamos inventando.

¿Qué nuevo terror se gesta? ¿Otra guerra? ¿Otra enfermedad incontrolable? ¿Un virus más letal que el hambre? ¿Un descomunal acto terrorista? ¿Una peste informática para la que no existe cura por haber hecho metástasis en nuestras mentes? Sin duda todo lo anterior.

History Channel, en un programa sobre El libro perdido de Nostradamus, recientemente especuló evocando las predicciones cósmicas de los mayas que el mundo terminará el 21 de diciembre de 2012. Por lo cual sólo nos queda esperar que un Noé cósmico construya un arca espacial para salvar las especies animales y a su privilegiada familia, que supondremos será multimillonaria. Pero mientras tanto, atemorizados y en nuestra reconocida orfandad utópica, las palabras del sabio Epicuro de Samos irrumpen intactas dos mil años después como una poderosa y necesaria trinchera:

“Así pues, el más espantoso de todos los males, la muerte, no es nada para nosotros, porque mientras vivimos ella no existe, y cuando la muerte existe, nosotros ya no somos”.

Y si esa reflexión no es concluyente para atenuar nuestro terror tal vez debamos afiliarnos a la secta que piensa que es imposible la extinción del mundo, simplemente porque ya ocurrió.


*Ensayo tomado del periódico virtual Con-Fabulación



La droga y lo divino - Legalización

Por Gonzalo Márquez Cristo

(E-mail: comunpresencia@yahoo.com

«Oh justo, sutil y poderoso opio!... ¡Sólo tú proporcionas al hombre esos tesoros, tú posees las llaves del paraíso!», había exclamado Thomas De Quincey –mucho antes, como se supondrá–, de la visión policiva impuesta contra la droga por los Estados Unidos, donde impera como siempre una doble moral y un trasunto económico.

Que el paraíso se encuentre en la droga como lo propone De Quincey en el párrafo antes citado (Confesiones de un inglés comedor de opio, 1822), o que el etnólogo George Dumézil haya pensado que todas las religiones son producto del efecto de los alucinógenos por parte del hombre primitivo, y que, aún más, un genio como Robert Graves –quien era considerado sabio incluso por Borges– reflexionara en el mismo sentido, hasta llegar a concluir, en El segundo nacimiento de Dionisos, que del consumo del bello hongo rojo de puntos blancos (Amanita muscaria) usado como decoración navideña en todo Occidente, derivan las visiones celestes de todas las religiones, no deja de ser asombroso; pero sí es increíble pensar que esta fuente germinal de paraísos se haya convertido en uno de los más abyectos y rentables negocios que ha inventado la contemporaneidad.

Es conocido por todos que la matemática de este comercio siniestro deja su saldo en rojo en los países productores, peyorativamente llamados del tercer mundo, que en verdad cada vez están más cerca del otro mundo, o del inframundo para ser explícitos, como pretende la voraz política de naciones imperantes en el globo.

Según la OMS (2002), un 12% de los fallecimientos que suceden cada año en Europa se deben a sustancias autorizadas (el 8,8 por ciento al tabaco y el 3,2 por ciento al alcohol), frente a sólo un 0,4 por ciento ocasionado por las ilegales: cannabis, anfetaminas (incluido el éxtasis), cocaína, opiáceos, etc. De los 27.829 homicidios registrados en Colombia durante el año 2002, se cree que el 34% fueron crímenes derivados del narcotráfico (aproximadamente 9.000) y se encuentran más de 15.000 colombianos detenidos en el exterior por esta misma causa; mientras en el México colombianizado, durante el año 2006 (datos CIDE), ocurrieron 2.000 muertes derivadas de las pugnas entre los Carteles; sin embargo las provocadas por sobredosis no sobrepasan en cada país el centenar.

La diferencia es gigantesca, y como es lógico, la cuantiosa cifra de las personas asesinadas por las mafias no puede compararse con la de las víctimas de sobredosis de alguna de estas drogas que por ignorancia son llamadas estupefacientes (sustancia que hace perder la sensibilidad), o narcóticos (otro equívoco de la legislación policiva pues el término alude a una sustancia que adormece; y quienes conocen la cocaína hallarán de inmediato la contradicción). Es conocido también que el 84% del dinero de la cadena del narcotráfico se queda en Estados Unidos o los países europeos y sólo el 16% llega a los territorios productores como Colombia, para fortalecer allá la economía de los países consumidores, y aquí a las pequeñas hordas de traqueteros y otros seres de costumbres estridentes y delictivas; además –es necesario decirlo–, de financiar a paramilitares que han decidido que nuestros ríos sean sólo navegables para los cadáveres; y a los guerrilleros que sueñan todavía con minar la estructura del imperio norteamericano con la mejor cocaína del mundo. Sobra agregar que esta ola de sangre no puede ser detenida mientras existan intereses económicos protegidos por legislaciones de doble moral, y mientras el precio de un gramo de cocaína en Colombia se multiplique por 40 en Estados Unidos y por 300 en Nueva Zelanda. A juzgar por las estadísticas, el dinero –y su ambición– será siempre más criminal que el poder originalmente sagrado de estas sustancias psicoactivas.

Que las plantas otrora sagradas (hongos, canabis, peyote, opio, datura, yagé, ololiuqui, sanpedro, coca…) con las cuales el hombre se comunicaba casi telefónicamente con los dioses, con el poderoso y fascinante argumento de que el cambio del ángulo de percepción es definitivo para la sabiduría, se hayan convertido en el vil comercio propiciador de desconocimiento y rapacidad, planteado al comienzo, no puede sorprendernos; pero sí el hecho de que éste vehículo cuya existencia es tan antigua como la cultura, y más que eso, clave de ese descubrimiento del más allá que fundó para muchos investigadores el espíritu religioso y la trascendencia artística, se haya convertido en la clave sustentadora de la novela negra que parece ser hoy por hoy nuestra sociedad

Es sabido que los dioses se convierten en demonios, y que las deidades del opio, del teonánacatl o de la coca, son creaturas proscritas, pero debemos recordar que durante la década del cincuenta, en forma consecuente, algunos quisieron recobrar la fuente primitiva de este diálogo divino, guiados por los grandes poetas: Gautier, Baudelaire, Rimbaud, Michaux; por los escritores norteamericanos Edgar Allan Poe, y por supuesto por Aldous Huxley, quien había dicho genialmente a partir de su experiencia con la mezcalina: «Si las puertas de la percepción quedaran depuradas, todo se habría de mostrar al hombre tal cual es: infinito».

Jünger, Benjamín, Cocteau, Burroughs, Malraux, serían sólo algunos de los numerosos artistas que emprenderían sus ceremonias de conocimiento. Pero las drogas de este nuevo milenio han prescindido de sus ritos y al parecer hemos echado cerrojos en todas las puertas posibles para encontrar el paraíso. Lo que era sagrado se ha convertido en una cruenta fórmula de usura o en un simple pasatiempo. Los rituales fueron arrasados. Y aunque el hombre intentará escapar –como lo ha hecho desde siempre–, encontrar el olvido o simplemente percibir de otra forma, mucho más reveladora quizá –desarreglando los sentidos como decía Rimbaud–, la cultura del lucro se sigue imponiendo con su incesante río de sangre.

Por eso cada vez es más urgente recordar las categóricas palabras con las cuales el poeta mexicano Octavio Paz, Premio Nobel de Literatura, en una entrevista que realizáramos para la revista Común Presencia en 1992, se declaraba a favor de la legalización de la droga:

«Ustedes los colombianos no han podido escapar a la violencia de su país... Conozco en parte las caras de esa desgarradura, la del narcotráfico, la del hambre y las desigualdades sociales, la de los grupos paramilitares... Pero lo que más me produce desolación es la debilidad política de nuestros gobernantes. Sin duda, lo único que puede suprimir esa violencia decretada por el tráfico de drogas es su legalización. Algunas veces lo he dicho públicamente... Y me parece increíble que los artistas más reconocidos de Latinoamérica no presenten enfáticamente la necesidad de la legalización. ¿Por qué los escritores no se comprometen contra una historia que debe ser desviada? Por favor digan esto allá, es importante que lo digan en su país y en todas partes: yo me pronuncio a favor de la legalización de la droga, y espero que esto sirva de algo. Ojalá fuese un punto de partida para el diálogo, y para hallar un dique contra ese río de sangre que los azota, y que nos fustiga también a los mexicanos».

No es necesario agregar más. Es importante que entrado el siglo XXI se reviva el debate, que no caigamos en el artilugio de despenalizar o legalizar, que recordemos que para la fundación de la cultura fue esencial el conocimiento de estas mágicas sustancias que la modernidad ha des-ritualizado, que tenían connotaciones místicas y proféticas, que hacían parte de ceremonias de alianza divina, y por eso nos parece legítimo exigir que el control sobre la droga lo ejerzan las instituciones médicas y no las mafias y la policía corrupta, porque como diría José Saramago, ya es tiempo de esforzarnos por legalizar la droga, aunque primero –lo cual es incuestionable– debamos esforzarnos por legalizar el pan.

(El artículo escrito por el poeta colombiano Gonzalo Márquez fue tomado del Periódico Virtual Con-Fabulación, al cual agradecemos esta publicación)



Ana Belén: Hora de legalizar

En charla con La Jornada la famosa cantante española se pronuncia a favor de legalizar todas las drogas

"La droga entró muy duro en el país y no casualmente; estoy convencida. La droga que más mata es la heroína por vía intravenosa y ésta entró justamente en los barrios más combativos, en los barrios obreros para desmovilizarlos. Ya no me aventuro a pensar en "quiénes" la introdujeron, pero evidentemente no ha sido casualidad. Yo soy partidaria de que se legalice la droga.

-¿Legalizar cualquier tipo de droga?

-Toda. Es como el debate en España para que se legalice el aborto. No es para que a todas las mujeres se les ponga a abortar, pero sí a la que lo necesita realmente. Es lo mismo con las drogas, legalizando su consumo se van a acabar muchos riesgos y la mafia.

Legalizar

Por Miguel Villalobos
"Milton Friedman, Nobel de Economía, además de conocidas figuras como el escritor Mario Vargas Llosa, artistas como Joan Manuel Serrat y Miguel Ríos, filósofos e intelectuales como Antonio Escohotado, Fernando Savater o Carlos Fuentes han reflexionado sobre las causas y efectos de esta perniciosa plaga y han manifestado su total acuerdo a una política dse legalización, pues están convencidos que lo que mata es la prohibición y no la droga. Lo que mata es esa porquería adulterada de ladrillo, vidrio molido y sabe Dios qué otras inmundicias que los jóvenes y marginados se meten en las narices y venas por la prohibición...

Debido a la prohibición, la droga tiene un costo altísimo en el mercado. Si se comercializara como un producto normal, pero controlado como todo fármaco, bajarían los precios y así no sólo acabaría la adulteración asesina, sino que desaperecería radicalmente la pequeña delincuencia urbana, de quienes empiezan robando en casa y terminan cortando o amenazando para pagarse una dosis. Apostaría a que ustedes no les ha asaltado nadie con un cuchillo para pagarse un litro de cerveza. Porque nadie los asaltaría para financiarse dosis al precio real de la droga más impuestos y no al precio astronómico resultado de la prohibición.

Dejaría de existir también esa 1era. Industria de Occidente que vive, prospera y mata con ingentes capitales acumulados en el tráfico clandestino de drogas. Recordemos cómo prosperaron las mafias de Estados Unidos de Norteamérica en épocas de la prohibición, cuando el comercio de bebidas alcohólicas era ilegal. El Whisky y otras bebidas fabricadas en alambiques caseros subieron considerablemente de precio, hicieron más lucrativo el negocio y fortaslecioeron a las mafias sanguinarias.


Basta legalizar la droga (Fragmento)


Por Antonio Caballero

Tomado de Revista Semana, Colombia.

No se puede ganar la guerra.

La orografía del país no se puede cambiar (aunque sí: esa misma guerra alimentada por el narcotráfico está talando las selvas y secando los ríos). Pero las otras dos circunstancias sí son tema de política.

El flujo inmenso de dineros del narcotráfico se puede desviar. Basta con legalizar la droga. Es un tema complejo, desde luego, al cual yo mismo, entre otros muchos, le he dedicado centenares de análisis en los últimos treinta años. Las Farc no viven sólo de la droga, por supuesto: basta con pensar en los ingentes recursos que obtienen del secuestro. Pero tanto para ellas como para otra de las pinzas de la guerra que desangra a Colombia, la pinza del paramilitarismo, los ingresos del narcotráfico son fundamentales. Y también para la fuerza pública: es por la excusa de la droga que el gobierno de los Estados Unidos, cuya población drogadicta alimenta a los paras y a los guerrilleros, mantiene sus ayudas militares al ejército colombiano.

Y es perfectamente posible, finalmente, segar las bases del reclutamiento tanto de la guerrilla como del paramilitarismo en el campo colombiano. Creando empleo allá, sencillamente. En vez de destruirlo.


Legalizar la droga: Carlos Fuentes

"Se debe legalizar (la droga) pero tiene que ser una medida universal, una medida que adopten todos los países. No pueden ser uno o dos los países, tienen que ser todos porque (en la lucha contra el narcotráfico) se ha derramado mucha sangre".
"Si se despenaliza el tráfico y consumo de alcaloides "se preservarían más vidas".

Lucy en el cielo con diamantes: The Beatles

Publicamos la letra es español de este clásico de los Beatles, gran homenaje al LSD



Imagínate en una barca, en un río, con mandarinos y cielos de mermelada.

Alguien te llama, respondes despacio, una chica con ojos de calidoscopio.

Flores de celofán amarillo y verde, apilándose sobre tu cabeza.
Buscas a la chica con el sol en los ojos y se ha ido.

Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes, ah, ah

La sigues hasta un puente junto a una fuente, donde gentes con caballos de madera
comen tartas de malvavisco, todos te sonríen mientras la corriente te lleva
a través de las flores que crecen increíblemente altas.

Taxis de papel de periódico aparecen en la orilla,
esperando recogerte.
Te subes detrás con tu cabeza en las nubes
y te has ido.

Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes, ah, ah

Imagínate en un tren en una estación
con porteros de plastilina que llevan corbatas que parecen de cristal.
De repente hay alguien allí en el torno,
la chica con los ojos de calidoscopio.

Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes, Lucy en el cielo con diamantes

Rolling Stones: Hermana Morfina


Sister Morfina
 
Aquí estoy en la cama de un hospital.
Dime hermana Morfina
¿cuándo me visitarás otra vez?
Oh, no creo pueda aguantar tanto.
Oh, ya ves lo fuerte que es mi dolor.
 
La sirena de la ambulancia se mete en mis oídos.
Dime hermana Morfina
¿cuánto tiempo llevo aquí? ¿Qué estoy haciendo en este lugar?
¿Por qué el doctor no tiene rostro?
Oh, no puedo arrastrarme por el suelo.
¿No ves hermana Morfina que solo intento ganarte?
 
Y eso viene a demostrar,
que las cosas no son lo que parecen, 
por favor hermana Morfina convierte mi pesadilla en sueño.
¿No ves lo rápido que yo voy, y que este disparo será el último?
 
Por favor prima Cocaína, pon tus frías manos en mi cabeza.
Ah, que venga la hermana Morfina, sería mejor
que me hiciera la cama, tú sabes y yo sé,
que por la mañana estaré muerto.
Si puedes sentarte, si puedes mirar 
como las limpias sábanas blancas
se manchan de rojo.

Carta al legislador de la Ley de Estupefacientes

Por Antonin Artaud

Señor legislador,
Señor legislador de la ley de 1916, aceptada por el decreto de julio de 1917 sobre estupefacientes, eres un cretino.
Tu ley no sirve más que para fastidiar la farmacia mundial sin beneficio para el nivel toxicómano de la nación porque

1º El número de toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias es mínimo.
2º Los verdaderos toxicómanos no se aprovisionan en las farmacias.
3º Los toxicómanos que se aprovisionan en las farmacias son todos enfermos.
4º El número de toxicómanos enfermos es mínimo comparado con el de toxicómanos por placer.
5º Las restricciones farmacéuticas de la droga no molestarán jamás a los toxicómanos voluptuosos y organizados.
7º Siempre habrá toxicómanos por vicio de forma, por pasión.
8º Los toxicómanos enfermos tienen sobre la sociedad un derecho imperecedero, que se les deje en paz.

Es, sobre todo, una cuestión de conciencia.
La ley de estupefacientes pone en manos del inspector-usurpador de la salud pública el derecho de disponer del dolor de los hombres; es una pretensión singular de la medicina moderna el querer dictar sus reglas a la conciencia de cada uno. Todos los balidos de la carta oficial no tienen poder de acción frente a este acto de conciencia: más aun que la muerte, yo soy el dueño de mi dolor. Todo hombre es juez, y juez exclusivo, de la cantidad de dolor físico, y de la vacuidad mental que pueda soportar honestamente.
Lucidez o inlucidez, hay una lucidez que ninguna enfermedad podrá quitarme, es la que me dicta el sentimiento de mi vida física. Y si yo he perdido mi lucidez, la medicina no tiene otra cosa que hacer más que darme las sustancias que me permiten recuperar el uso de esa lucidez.
Señores dictadores de la escuela farmacéutica de Francia, sois unos pedantes roñosos; hay una cosa que debería medir mejor: que el opio es esa imprescindible e imperiosa sustancia que devuelve a la vida de su alma a quienes tuvieron la desgracia de perderla.
Hay un mal contra el cual el opio es soberano, y ese mal se llama Angustia, en su forma mental, médica, psicológica, lógica o farmacéutica, como quieran.
La Angustia que hace locos.
La Angustia que hace suicidas.
La Angustia que hace condenados.
La Angustia que la medicina no conoce.
La Angustia que vuestro doctor no comprende.
La Angustia que lesiona la vida.
La Angustia que rompe el cordón umbilical de la vida.

Por vuestra inicua ley ponéis en manos de personas irresponsables, cretinos en medicina, farmacéuticos cochinos, jueces fraudulentos, doctores, comadronas, inspectores-doctorales, el derecho a disponer de mi angustia que es tan aguda como las agujas de todas las brújulas del infierno.
Temblores del cuerpo o del alma, no existe sismógrafo humano que permita llegar a una evaluación de mi dolor con precisión, que aquella, fulminante, de mi espíritu.
Toda la azarosa ciencia de los hombres no es superior al conocimiento inmediato que puedo tener de mi ser: Yo soy el único juez de lo que está en mí.
Volved a vuestros graneros, médicos hediondos, y tú también, Señor Legislador Moutonnier, que no deliras por amor a los hombres, sino por tradición de imbecilidad. Tu ignorancia de lo que es un hombre, sólo es igual a tu estupidez al pretender limitarlo. Yo te deseo que tu ley recaiga sobre tu padre, tu madre, tu mujer y tus hijos, y toda tu posteridad. Y ahora me trago tu ley.


El mundo es mejor con marihuana: Kirsten Dunst

La estrella de Hollywood Kirsten Dunst piensa que el mundo sería un mejor lugar si todo el mundo fumara marihuana. Durante una entrevista reveladora, la actriz que encarna a la novia de Spiderman admitió fumar marihuana y probar otras drogas. “Bebo moderadamente y he tomado drogas, me gusta la hierba. Tengo una perspectiva diferente sobre la marihuana a la que tiene América, dijo Kirsten a el diario británico The Sun". El papá de mi mejor amiga Sasha, era Carl Sagan, que era un gran astrónomo. Fue un gran fumador de marihuana y era un genio de la astronomía. Nunca he sido una fumadora compulsiva, pero creo que la visión de América sobre la hierba es ridícula y “no estoy diciendo que haya que estar fumado todo el día, pero si se usa con prudencia, puede estimular la creatividad y mejorar la timidez”.

Juanes: Droga y política

El cantautor colombiano Juanes dijo, en una entrevista para la revista "Credencial", que conviene legalizar las drogas y luego se declaró partidario de la reelección del presidente de su país, Álvaro Uribe, ya que su mandato de cuatro años es "muy corto para poder cambiar el país".


LOS MEJORES FILMES DE LA HISTORIA

A continuación publicamos los resultados de la gran encuesta realizada por Con-Fabulación durante diez semanas del año 2009, que fuera contestada por 2.120 artistas, intelectuales y cinéfilos del mundo

1. Tiempos Modernos (Charles Chaplin): 317 votos
2. Ciudadano Kane (Orson Welles): 298
3. Ladrón de bicicletas (Vitorio De Sica): 255
4. Ocho y medio (Federico Fellini): 227
5. Novecento (Bernardo Bertolucci): 208
6. El acorazado Potemkin (Serguei Eisenstein): 206
7. La naranja mecánica (Stanley Kubrick): 199
8. El Séptimo sello (Ingmar Bergman): 195
9. Quimera del oro (Charles Chaplin): 189
10. 2001, Odisea del espacio (Stanley Kubrick): 184
11. Blade runner (Ridley Scott): 181
12. Rashomon (Akira Kurosawa): 172
13. Los 400 golpes (
François Truffaut): 164
14. El Fantasma de la libertad (Luis Buñuel): 157
15. El Padrino (Francis Ford Coppola): 152
16. Casablanca (Michael Curtiz): 151
17. El pasajero (Michelangelo Antonioni): 146
18. La Strada (Federico Fellini): 141
19. El último tango en París (Bernardo Bertolucci): 138
20. Fresas salvajes (Ingmar Bergman): 136
21. Psicosis (Alfred Hitchcock): 131
22. Solaris (Andrei Tarkovski): 122
23. Érase una vez en América (Sergio Leone): 119
24. Gritos y susurros (Ingmar Bergman): 118
25. Los pájaros (Alfred Hitchcock): 114
26. Blow up (Michelangelo Antonioni): 113
27. Metrópolis (Fritz Lang): 110
28. El inquilino (Roman Polanski): 109
29. Aguirre la ira de dios (Werner Herzog): 108
30. Teorema (Pier Paolo Pasolini): 108
31. Sin aliento (Jean Luc Godard): 107
32. Los infantes del paraíso (Marcel Carné): 106
33. Portero de noche (Liliana Cavani): 105
34. Trilogía de los colores (Krzysztof Kieslowski): 105
35. Midnight Cowboy (John Schelsinger): 104
36. El discreto encanto de la burguesía (Luis Buñuel): 103
37. Trilogía de Apu (Satyajit Ray): 102
38. Ordet: La palabra (Carl Dreyer): 102
39. Gatopardo (Luchino Visconti): 101
40. Nosferatu (F.W. Murnau): 101
41. La pared (Alan Parker): 101
42. Amarcord (Federico Fellini): 100
43. Luces de la ciudad (Charles Chaplin): 99
44. El imperio de los sentidos (Nagisa Oshima): 98
45. El ángel exterminador (Luis Buñuel): 98
46. La luna (Bernardo Bertolucci): 97
47. La gran ilusión (Renoir): 96
48. Los duelistas (Ridley Scott): 95
49. Machuca (Andrés Wood): 94
50. Betty Blue (Jean Jacques Beineix): 94
51. Roma, ciudad abierta (Roberto Rosellini): 93
52. El baile (Ettore Scola): 93
53. La vida es bella (Roberto Benigni): 92
54. Fitzcarraldo (Werner Herzog): 90
55. Cantando bajo la lluvia (Donen y Kelly): 90
56. Pulp Fiction (Quentin Tarantino): 89
57. Lo que el viento se llevó (Víctor Fleming): 88
58. Manhattan (Woody Allen): 87
59. Crash (David Cronenberg): 86
60. Apocalypse now (Francis Ford Coppola): 85
61. Sunset Boulevard (Billy Wilder): 84
62. Intolerancia (David Griffith): 83
63. El Mago de Oz (Víctor Fleming): 82
64. If (Lindsay Anderson): 81
65. Ser o no ser (Ernst Lubitsch): 80
66. Siete bellezas (Lina Wertmüller): 79
67. Los rapaces (Erich Von Stroheim): 78
68. Brazil (Terry Gilliam): 78
69. La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda): 78
70. Sur (Fernando Solanas): 77
71. Hombre muerto (Jim Jarmush): 76
72. El año pasado en Marienbad (Alain Resnais): 75
73. El Decamerón (Pier Paolo Pasolini): 74
74. La diligencia (John Ford): 74
75. El ansia (Tony Scott): 73
76. Con faldas y a lo loco (Wilder) 72
77. El gabinete del doctor Caligari (Robert Wiene): 71
78. Trenes rigurosamente vigilados (Jiri Menzel): 71
79. El sirviente (Joseph Losey): 70
80. Kagemusha (Akira Kurosawa): 69
81. El matrimonio de María Braun (Rainer W. Fasbinder): 68
82. La mirada de Ulises (Theo Angelopoulos): 68
83. El navegante (Buster Keaton): 67
84. Heavy metal (Gerald Potterton): 66
85. La lista de Schindler (Steven Spielberg): 65
86. Cuentos de Tokio (Yasujiro Ozu): 65
87. Pixote (Héctor Babenco): 65
88. Rompiendo las olas (Lars Von Trier): 64
89. El ángel azul (Josef Von Strenberg): 63
90. Ana y los lobos (Carlos Saura): 62
91. Salón Kitty (Tinto Brass): 61
92.
El graduado (Mike Nichols): 61
93.
La fiesta inolvidable (Blake Edwards): 60
94. El tambor de hojalata (Volker Schlöndorff): 59
95. El Gato Fritz (Ralph Bashki): 59
96. Perros de paja (Sam Peckinpah): 58
97. El show debe seguir (Bob Fosse): 57
98. Tan lejos, tan cerca (Wim Wenders): 56
99. Nido de ratas (Elia Kazan): 55
100. Lugar sin límites (Arturo Ripstein): 54
101. Cuentos de la luna pálida (Kenji Mizoguchi): 54

La nueva esclavitud: Gonzalo Márquez

Hemos construido una civilización a la medida de nuestras pesadillas. Mientras el 40% de los habitantes del planeta vive en la miseria y nuestras convicciones han sido planificadas desde los núcleos de poder, somos castigados sistemáticamente por una culpa que no hemos cometido, y como si fuera poco, sabemos que el Gran Hermano vislumbrado por Orwell en su novela 1984 no cesa de vigilarnos.

Kafka, el gran cronista de la contemporaneidad, nos había prevenido de la opción de convertirnos en abyectos insectos, y de la aún más terrible posibilidad de ser condenados por un crimen jamás cometido, pero poco dijo de la tiranía de las “verdades” impuestas.

Nuestro tiempo se ha caracterizado por instaurar formas de dominio más sutiles y opresiones más patéticas que aquellas que campeaban en siglos anteriores; pues es evidente que los esclavos de la antigüedad conocían su ignominioso destino, mientras que los de la contemporaneidad ignoran su condición ultrajante. Una extraña venda se ha posado sobre nuestros ojos. “¿Qué nos está pasando ahora?”, dijo Kant en 1784; pregunta hoy más necesaria que nunca.

Los monopolios de la imaginación con sus industriosas trampas sensibles han decidido nuestra ingenua confianza en sus “verdades” diseñadas. El Soma del que habla Huxley en Un mundo feliz, es dosificado a nivel planetario irradiando su amnesia, mediante una nueva taumaturgia.

No sólo los trabajadores sufren una esclavitud manifiesta, atemorizados por poderes hiperreales y por discursos excluyentes. Ni los desempleados o las víctimas que impone la sociedad para hacer creíble la ilusión que la sustenta. Pues si existe el memoricidio, si una estrategia a-crítica es generalizada y producida por el enjambre mediático, si nuestra mente es el blanco de una cultura que propone un diluvio de imágenes que impide ver el horizonte, es sin embargo necesario afirmar que el olvido no es feliz como se insinúa en la novela de Huxley, pues esta desmemoria que hemos construido incuba una devastación interior nunca deleitosa.

No deja de ser contradictorio que la civilización que más ha impulsado la individualidad en la Tierra, con sus hordas de nuevos esclavos que jamás serán libres porque hilos secretos controlan sus banales deseos, sea la que esté poniendo en crisis al individuo, borrando sus fronteras, haciendo desaparecer su rostro lustral.

El individuo vive su agonía, se ha industrializado su existencia. Todos los habitantes del planeta deben pensar aquello que deciden las multinacionales televisivas y los periódicos más influyentes. Todos debemos viajar a los mismos lugares y vestirnos según la imposición de los centros de dominio, prescindiendo de la comida lenta y de las bebidas proscritas por el espejismo publicitario. Todos debemos escuchar la misma música inocua y celebrar su arte domeñado, apreciando cómo las generaciones más jóvenes, ni siquiera se plantean la opción inversa, un salto fuera de su sombra, un interregno de rebeldía. Hemos exilado a Prometeo.

La nueva esclavitud extiende sus dominios. La publicidad ha demostrado ser uno de los medios de dominación más sutiles y peligrosos. La televisión, y todo aquello que comienza como un milagro, ha terminado por imponer sus entorpecedores grillos, y la hemos visto desgastar el asombro. La información nos ha incomunicado, y es así como nadie recuerda los eventos trascendentes, nadie vislumbra lo que ocurre tras las bambalinas del hecho histórico, y por eso hemos quedado indemnes, sin armas eficaces para contener el advenimiento de los nuevos inquisidores.

Un unanimismo se cierne en el horizonte y parece no dar tregua. Vivimos la Edad del Cíclope. No deja de ser temerario que en esta Era de gran pobreza humanística todos nos hayamos convertido en Nadie, pero al contrario del episodio Homérico: ninguna argucia nos hará contener la proliferación de los seres de un solo ojo.

Vivimos un tiempo desintegrador. El comercio de la “verdad” es degradante. Hemos llegado a un punto de servidumbre en el cual la única libertad de prensa estaría en la abolición de los grandes medios que tantas veces determinan el rumbo de los países, la libertad de credo en suprimir las terribles religiones del Libro, la libertad sexual en abolir la pornografía hasta en sus más sutiles representaciones, y la libertad política tan sólo podría hallarse suprimiendo esa mentira que llaman democracia. Fuimos conducidos al límite.

Sin embargo el engranaje del poder es insaciable, y como lo soñó el visionario Charles Chaplin, todos seremos devorados por las máquinas y peor aún por las pantallas, por sus tornasoladas fauces, y por un discurso que se podría denominar “cautivo”. La contienda por la verdad ya no es teológica sino que corresponde a esos dioses de paso, a esas deidades efímeras que son las actrices, los deportistas o los cantantes de rock, y a los tiranos, que como Narciso, naufragan en su lago, pero muy lentamente, porque ésta vez no se ahogan en pozos de agua sino de cristal líquido.

En tanto, el espíritu religioso –ese experto en exterminios–, continuará afilando sus armas desde los órdenes políticos para que sus adeptos sigan atemorizando el planeta, pero esta vez operan sigilosos. La Nueva Inquisición no necesita de los monjes Sprenger y Kramer ni de su Malleus maleficiarum, (Martillo de las brujas) y ni siquiera de los artificios que emprendían los verdugos para la imposición de la hoguera respaldados en su ruin tráfico con la verdad, pues hoy tan sólo necesita de la contundencia mediática y de una palabra: “terrorismo”, la que desde el 2001 legitimó todas las atrocidades en su desbandada patológica.

Estamos en el tiempo en el cual somos condenados sin pruebas, ejecutados sin juicio y sabemos que será muy difícil retomar el rumbo que nos lleve a destruir esta nueva esclavitud que se extiende en todo el planeta, y que debemos inventar algo en las esferas de la imaginación y del lenguaje para impedir la marcha de los nuevos e invisibles inquisidores que avanzan inexorablemente hacia nosotros. Y quizá la única posibilidad que tenemos, como lo afirmó Foucault, será la de forjar un nuevo régimen de producción de la verdad, pues sólo desprendiendo la verdad que sustenta las formas de dominación usuales podremos denunciar el engaño generalizado. La sociedad es un acervo de fuerzas legitimadas por seductoras creencias, por certidumbres que casi siempre tiranizan y esconden una cruel farsa, y se hace imperativo urdir una estrategia que culmine en su develación.

Pero mientras tanto, veremos con Nietzsche, crecer los desiertos.


(Esta columna del ganador del importante Premio Internacional de Ensayo Maurice Blanchot fue tomada del Periódico Virtual Con-Fabulación)



Ritual de títeres o la crisis de la acción

Por Franco Volpi *

Ritual de títeres (1992) de Gonzalo Márquez Cristo (Bogotá, 1963), es un engendro de la imaginación poética, donde el lector es sorprendido desde la primera línea por un torrente de imágenes y reflexiones que le obliga a emprender su lectura de una forma —para ser estrictos—, inédita.
En esta pugna cruenta contra la estructura tradicional de la novela, el autor colombiano erige una obra paradigmática donde en el primero de sus planos los personajes son conscientes de su carácter imaginario mientras la acción tan propugnada por lo novelesco es sometida, traicionada, abolida por una escritura de gran poder existencial.
Este libro —se lo he dicho al autor a manera de agravio— pretende inventar otra forma de leer y nunca hace concesiones al lector tradicional que todavía piensa que el tiempo es lineal y que una meta desdichada o apoteósica lo espera en la última página. Es —lo he comprobado— una “novela” para leer en forma bíblica, oracular, y no con las técnicas tradicionales de la narrativa norteamericana, para poner un ejemplo categórico.
La trama interior en su totalidad resulta inquietante, cada capítulo nos arrastra a un mundo verbal específico, a un tema más que a un acontecimiento, a un clima interior, y pienso que podría ser leído en forma autónoma, pues el lector no se sentirá jamás subyugado por las fuerzas tradicionales e ingenuas de la acción.
Frases como: “Yo busco el árbol cuya única sombra sea el relámpago”; “ya es hora de colgar la sombra”, “aquí sólo el fantasma se ha rebelado contra el tiempo”, “siempre soñamos lo que no merecemos”, “los dioses han vuelto, serán nuestras víctimas”; “lo que pierdo en sueños lo gano en locura”; “que las palabras sean distintas a las cosas es la mejor razón para vivir”; “era imprescindible nacer dormidos”; o “aguardo el regreso del alma y la dictadura del sueño inconcluso”; son algunas de las centenares de sentencias que nos asaltan en este extraño e íntimo libro, que tiene la ventaja de no poder ser contado.
La obra de Gonzalo Márquez Cristo, sigue la cicatriz abierta por Joyce, Broch, Virginia Woolf y nos muestra la extraña posibilidad de una novela carente de acción, con personajes definidos por sus ideas y por unos profundos signos, aunque su verbo parezca a veces intercambiable. Allí, una trilogía de seres masculinos: Jano, Orfeo y Mirtilo, se oponen a la brillantez erótica de una voz femenina que logra su fusión: Ariadna, la araña de la cual nadie puede escapar. Los personajes esclarecen su impostura y de una misteriosa forma la metamorfosis es consumada. Así el segundo de los planos, que se narra en tercera persona, termina siendo la vida misma y el escrito en primera se convierte en la forma más falsaria de la ficción. El narrador es usurpado desde el inicio por una voz femenina y al final termina clamando protección al protagonista, para que en ese juego especular podamos ver por un instante al autor. El paisaje ocurre en las profundas aguas del ser.
Ritual de títeres es otro de los intentos por eliminar la novela, o por mostrarnos la agonía de un género arrollado y trivializado por una acción desmedida, por la prolijidad de la descripción y por una moral en ruinas. Pero especialmente es una obra que nos enseña que existe otra forma de leer una novela: bajo el sacrificio de la acción.
(Padua, Italia, 2007).


* Franco Volpi (1952-2009), filósofo italiano, traductor de Ser y Tiempo de Martin Heidegger. Fue profesor titular de filosofía en la universidad de Padua. Galardonado con los premios «Montecchio» (1989), «Capo Circeo» (1997) y «Nietzsche» (2000).

La nueva esclavitud es la mental

Por Rafael Sabini

Cada vez me convenzo más de lo injusto de este sistema en el cual estamos inmersos y del cual somos parte hasta la médula. Un sistema donde manda el capital por sobre el ser humano. La mano de obra en comparación con la rentabilidad “no existe”. Los políticos hacen carrera argumentando buscar un mundo mejor cuando en definitiva lo único que pueden llegar a lograr es tener un bolsillo mejor. Así elegimos cada tanto quién va a hacer carrera en ascenso social porque promete mejor. Y ese ascenso de ellos lo pagamos todos los laburantes.
Porque el impuesto no es un estorbo para el que tiene mucho, porque sabe cómo evadir, perdón, eludir. Los que evadimos somos los trabajadores. Juegos de semántica, ésa es la práctica de la carrera política, los expertos en retórica (o retorcidórica). Ayer veía en la tv -La Liga- cómo funcionarios explicaban que la contaminación no necesariamente daba cáncer cuando Ronnie Arias les fue a hablar por muchísimos casos de gente que padecen esa enfermedad (y otras) y, oh casualidad- viven frente de unas cuantas fábricas que contaminan a morir. El funcionario aprende la retórica, el rebusque, el enredo en palabras. Mientras, el laburante muere de cáncer en Quilmes, lo rocían los grandes latifundios de soja transgénica con agroquímicos en el Chaco, matándolos o deformando sus descendencias. O en otro caso: una mujer que pesa 25 kilos por no tener ni para comer; según una funcionaria: “la dieta de los indígenas es muy limitada por un tema cultural [Noticias, Canal 26]”. Claro, decir hambre suena mal. Reconocer que están cagando al pueblo de hambre suena re-mal. Reconocer que hay gente que no cobra por su trabajo también suena mal. Y sin embargo, el G.C.B.A. nos debe ocho meses de pauta publicitaria -por lo que tuvimos que salir a pedir dinero prestado- todo porque Telerman despilfarró el dinero nuestro, de los contribuyentes.
Perdón por la digresión; decía que los impuestos los pagamos los que trabajamos. Los grandes capitales cobran subsidios o indultos de deudas, porque “dan trabajo”. Y no entienden que nosotros no es que querríamos trabajo, queremos dinero. El tema es que los grandes capitales mantienen la imagen de libertad y de elección, mantienen el supuesto status quo, mantienen el continuo saqueo. Pero con el esfuerzo de los oprimidos, porque en el fondo somos los trabajadores los que mantenemos este sistema que nos oprime. El impuesto, ese invento de Robin Hood prendió, pero al revés. Con la idea de que le sacan más a los que más tienen nos siguen enganchando para que nosotros garpemos su festín. Es todo verso. El gran capital tiene mil maneras de evadir, eludir o si prefieren un término más futbolístico, gambetear, elijan el sinónimo que prefieran. Y esos métodos se llaman buenos contadores, coimas, fundaciones, sociedades anónimas, presiones, etcétera.
Encima, como si fuera poco, lo que ya nos exprimen quieren más y crean inflaciones y crisis terribles que hacen tambalear al que menos tiene. Y a esta altura ya todos sabemos que las crisis benefician al capital, al capitalista, al propietario de grandes movimientos financieros, pero jamás al laburante o al ciudadano común. En esos momentos todo se vende por dos pesos y el que los tiene se compra medio país.
La “matrix” nos está reventando. Está mutilando, deformando, enfermando, reventando a los que menos tienen. A los otros nos tienen con grilletes para que sigamos en la rueda del ratón produciendo, creando, trabajando, cumpliendo.


rafaelsabini@revistaelabasto.com.ar

Tomado de la Revista El Abasto, n° 92, octubre 2007